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HORIZONTES DEL DESARROLLO CULTURAL DENTRO DEL PROCESO DE GLOBALIZACION, DESCENTRALIZACION Y POLITICAS CULTURALES


 
El tema que se me ha asignado para esta conferencia, bien podría desagregarse en varios aspectos que por si mismos requerían un espacio de tratamiento más amplio, hablar por ejemplo de los horizontes del desarrollo cultural en el marco de la globalización podría ser materia de una tesis de post-grado, al igual que la descentralización y las políticas culturales o cuando menos de un curso completo.

Seame permitido entonces un acercamiento, una aproximación a esta temática compleja que permitiría incluso varias lecturas.

La globalización entendida como una expresión del capitalismo tardío, tiene como eje central la internacionalización del mercado en donde la superviviencia de los estados nacionales se halla en entredicho “la globalización no es sino la liberación de todas las restricciones impuestas al libre flujo de mercancías y capitales (...) se trata sobretodo de un proyecto económico que requiere una garantía política”
Sin embargo, no sucede lo mismo con la estructura de la producción ni con la circulación de la fuerza de trabajo ni con la integración social; este contrasentido se expresa en la política de restricción de la migración por ejemplo en donde se exacerba la xenofobia.

La circulación de capitales ha adquirido una movilidad inusitada aprovechando las nuevas tecnologías de la comunicación haciendo del mercado bursátil la expresión más acabada de una economía cada vez más impersonal y deshumanizada.

El capitalismo tardío sin embargo no escapa a las crisis inherentes a este modo de producción y que fuera advertida en el siglo antepasado por el viejo Marx.
La aplicación de la receta neoliberal ha llevado a la bancarrota a países como México y Argentina, los mismos que para poder sobrevivir han tenido que hipotecarse cada vez más el capital internacional. Y es que en esta fase se ha sacrificado la producción en aras de la especulación bursátil.

Consecuencia de un mundo unipolar la globalización requiere de un replanteamiento de la geopolítica a nivel planetario.

Esta realidad mundial plantea varios interrogantes desde el punto de vista cultural. Se ha dicho que la globalización implica una suerte de homogeneización de comportamientos de modos de ser y de hacer ¿cómo fortalecer o al menos mantener la identidad cultural de nuestros pueblos, ante un escenario adverso? Ya Mario Vargas Llosa proclamó hace poco el fin de las identidades nacionales ¿será acaso la antesala del fin de las identidades culturales? Luego de la caída del muro se proclamó el fin de la historia y el fin de las ideologías ¿es qué estamos ante un mundo fatalista? Falta poco para que se decrete el fin de la esperanza y del futuro.


Quienes trabajamos en la gestión cultural nos resistimos a creer que tal fatalismo sea cierto. Los nuevos tiempos nos imponen la necesidad de pensar la globalización desde lo local, no podemos y no debemos renunciar a nuestro derecho a la esperanza y precisamente la cultura es la herramienta para no deshumanizarnos “La categoría de humanidad como sujeto de la mundialización no supone la homogeneización cultural (...) Es la configuración de un gran escenario para el diálogo de las culturas y para la multiplicación de los mestizajes” ; esa capacidad creativa, esa sensibilidad que nos conmueve para apreciar la belleza de una melodía, de una obra pictórica. Esa forma netamente humana de construir el futuro desde la cotidianidad, esa fortaleza que nos viene dada desde la sabiduría de nuestros abuelos, de nuestros ancestros, es nuestra principal arma en la lucha por dar sentido a nuestra existencia.
Sin embargo, la cultura también esta atravesada por las leyes del mercado, las así llamadas industrias culturales mueven millones de dólares en los centros de poder mundial ¿cómo entonces sobrevivir en un mundo signado por la competencia y el lucro? Es necesario entonces repensar la cultura no con aquel criterio reduccionista que se agota en las bellas artes, sino “desde dimensiones que la reconozcan como una construcción social. No podemos seguir entendiéndola al margen de los sujetos y actores sociales que la construyen, pues la cultura solo es posible en la medida en que los seres humanos concretos la producen desde su propia cotidianidad como respuesta a una realidad en continua transformación” Desde esta perspectiva es entonces legítimo hablar de desarrollo cultural. Ahora bien de lo que se trata es de desacralizar el hecho cultural. Ya basta de entender que la cultura solo es el reducto de pocos iluminados, lo que no quiere decir desconocer las obras maestras en la literatura, la música, las artes plásticas y las artes de la representación, lo que decimos es que la cultura va más allá, se manifiesta también en la lucha de sentidos que damos a nuestra vida individual y colectiva.
En esta perspectiva es un contrasentido hablar de centralización de la cultura, la cultura está presente en la vida diaria de los pueblos por más alejados que estén de los grandes centro políticos y económicos de un país. En el caso del Ecuador sin embargo lo que ha caracterizado a la gestión del Sistema institucional de la cultura ha sido precisamente el centralismo y para demostrarlo bastan dos ejemplos. Si analizamos la política crediticia histórica del FONCULTURA y la política de auspicios de la Subsecretaría de Cultura, un gran porcentaje está destinada a beneficiar a personas y grupos culturales de las principales ciudades Quito, Guayaquil y Cuenca. Se dirá que por ser grandes ciudades merecen mayores apoyos, a lo mejor así es, pero también es cierto que deben ser atendidos en sus demandas culturales por los organismos y gobiernos locales que por cierto también son los más grandes del país.

Las instituciones culturales nacionales deben pensar nacionalmente y por ello creo en la participación de las distintas provincias y regiones del país a fin de que la gestión cultural llegue a descentralizarse.

Quienes actualmente nos hallamos al frente de la Subsecretaría de Cultura tenemos un proyecto que implica la participación de los actores culturales y sociales de todas las provincias del país para definir las grandes líneas de la gestión cultural. Lo hemos denominado “Dialogo de Saberes” que se expresan en foros y asambleas culturales.

Inicialmente queremos convocar a estos diálogos para reflexionar de manera conjunta sobre una nueva legislación cultural para el país; estas instancias de participación social deben ser mecanismos no solo de intercambio y reflexión conjunta, sino también mecanismos de rendición de cuentas de la institucionalidad cultural nacional, provincial y local.

Por ello, la Política Cultural del Estado debería estar caracterizada por la descentralización, actualmente aquello no ocurre y debería ser una reivindicación de los actores culturales y sociales de las provincias.

He llegado a mencionar el tema de la política cultura: “El reto de la política cultural ha sido transformarse y renovarse como un elemento asociado a la vida política y económica y no como un agregado ajeno a la realidad, como una abstracción o una actividad meramente recreativa de un sector privilegiado de la sociedad”.

En esa perspectiva la política cultural no es patrimonio del Estado; es más bien un proceso de construcción de sentidos desde los movimientos sociales. El reconocimiento constitucional de la pluri-multi interculturalidad, así como de los derechos colectivos, no ha sido una dádiva graciosa del Estado, ha sido el resultado de una lucha sostenida del movimiento indígena, a partir del levantamiento de 1990; lo mismo podríamos decir del movimiento de mujeres, de las minorías sexuales y de los excluidos del campo y la ciudad.

Pretender que las políticas culturales de Estado existen a partir de un documento declarativo es de una ingenuidad crasa; Al contrario éstas se expresan en la manera como el Estado ha organizado el Sistema institucional de la cultura, el presupuesto destinado a la gestión institucional, al fomento cultural, a la importancia que la cultura ocupa como eje transversal de la gestión estatal; Si realizamos un balance teniendo en cuenta estos factores, las políticas culturales del Estado son deficitarias.

Por ello es indispensable la participación social a fin de impulsa unas políticas culturales democráticas que para José Joaquín Brunner “serían aquellas que continuamente procuran impulsar los intereses expresivos de todos los agentes y grupos, a través de arreglos institucionales que eviten la desaparición de las condiciones básicas que hacen posible el juego democrático en el terreno de la cultura”.

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